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¿Qué mata más: la cocaína o los refrescos azucarados? Los datos detrás de una comparación incómoda

La cocaína representa un peligro inmediato, ilegal y ampliamente reconocido. Los refrescos azucarados funcionan de otra manera: su consumo frecuente puede contribuir durante años al desarrollo de diabetes, obesidad y enfermedades cardiovasculares. Las estimaciones científicas atribuyen a las bebidas azucaradas cientos de miles de muertes anuales relacionadas con enfermedades metabólicas y cardiovasculares.

Santo Domingo.– Imagine dos productos completamente diferentes.

Uno es perseguido por las autoridades, su tráfico puede llevar a prisión y prácticamente cualquier persona reconoce que consumirlo implica importantes riesgos para la salud.

El otro puede encontrarse en supermercados, restaurantes, cumpleaños, escuelas, estadios y prácticamente cualquier reunión familiar.

El primero es cocaína.

El segundo son los refrescos azucarados.

No son sustancias equivalentes y científicamente sería incorrecto presentarlas como si produjeran el mismo tipo de daño. Sin embargo, comparar la percepción social alrededor de ambas permite plantear una discusión que pocas veces hacemos:

¿Por qué tememos inmediatamente algunos peligros mientras normalizamos otros que, con los años, también pueden tener enormes consecuencias para la salud?

Millones de enfermedades vinculadas al consumo de bebidas azucaradas

Una investigación internacional publicada en Nature Medicine, basada en información de 184 países, estimó que durante 2020 el consumo de bebidas azucaradas estuvo asociado con aproximadamente 2.2 millones de nuevos casos de diabetes tipo 2 y 1.2 millones de nuevos casos de enfermedades cardiovasculares.

La investigación estimó además alrededor de 338,000 muertes atribuibles a diabetes tipo 2 y enfermedades cardiovasculares relacionadas con el consumo de este tipo de bebidas.

Pero existe una precisión fundamental.

Esto no significa que una persona tome un refresco y muera como consecuencia directa de consumirlo.

Estamos hablando de riesgo poblacional acumulado: el consumo frecuente de grandes cantidades de azúcar puede favorecer el aumento de peso y contribuir al desarrollo de enfermedades que aparecen progresivamente durante años.

El problema puede estar dentro de una botella

Muchos refrescos regulares contienen alrededor de 10 u 11 gramos de azúcar por cada 100 mililitros, aunque la cantidad exacta depende del fabricante y del producto.

Eso significa que una botella de 500 mililitros puede acercarse o incluso superar los 50 gramos de azúcar.

La Organización Mundial de la Salud recomienda mantener los denominados azúcares libres por debajo del 10 % de la ingesta energética diaria, lo que equivale aproximadamente a 50 gramos para una dieta de 2,000 calorías, y señala beneficios adicionales si se reduce todavía más.

El problema, por tanto, no necesariamente está en consumir ocasionalmente un refresco.

El problema aparece cuando:

un refresco se convierte en dos, dos se convierten en una costumbre diaria y esa costumbre se mantiene durante años.

¿Entonces los refrescos matan más que la cocaína?

La respuesta responsable es:

no podemos compararlos directamente de esa manera.

Las estadísticas sobre ambos productos se construyen utilizando metodologías completamente distintas.

Las muertes relacionadas con bebidas azucaradas se calculan estimando cuánto contribuye su consumo al desarrollo de enfermedades como diabetes y problemas cardiovasculares.

Las muertes vinculadas con cocaína incluyen otros escenarios, como sobredosis, trastornos por consumo y casos en los que también intervienen simultáneamente otras drogas.

Por eso sería engañoso colocar simplemente dos números y declarar un “ganador”.

Pero hay algo que los datos sí permiten comprender:

Un producto no necesita provocar una sobredosis inmediata para convertirse en un importante problema de salud pública.

Cocaína: un peligro inmediato

La cocaína es un potente estimulante del sistema nervioso central.

Puede provocar arritmias, infartos, accidentes cerebrovasculares, convulsiones, trastornos psiquiátricos, dependencia y sobredosis potencialmente mortal.

Su peligrosidad está ampliamente documentada y esta comparación no busca minimizarla.

El punto está precisamente en el contraste.

Cuando escuchamos la palabra cocaína, nuestro cerebro inmediatamente identifica peligro.

Cuando vemos un refresco lleno de azúcar, generalmente no ocurre lo mismo.

El enemigo silencioso funciona diferente

Nadie normalmente termina en una sala de emergencias por beber un refresco durante el almuerzo.

El proceso puede ser mucho más silencioso.

Un refresco hoy.

Otro mañana.

Otro con la comida.

Otro durante la cena.

Meses.

Años.

Décadas.

El consumo habitual de grandes cantidades de bebidas azucaradas puede contribuir al exceso de calorías, aumento de peso y mayor riesgo de enfermedades metabólicas.

Y precisamente ahí está el peligro de normalizar determinadas conductas.

Lo legal no necesariamente significa saludable

Existe una tendencia natural a relacionar la legalidad con seguridad.

Pero son conceptos completamente diferentes.

El azúcar es legal.

El tabaco es legal.

Existen alimentos ultraprocesados perfectamente legales.

Eso no significa que consumirlos indiscriminadamente sea saludable.

Del mismo modo, decir que los refrescos azucarados pueden representar un problema cuando se consumen en exceso no significa que deban ser comparados literalmente con una droga ilegal.

La comparación pretende llamar la atención sobre una realidad:

algunos de los mayores riesgos para nuestra salud están tan integrados en nuestras vidas que dejamos de percibirlos como riesgos.

La moderación cambia completamente la discusión

La diferencia fundamental está en el patrón de consumo.

Beber ocasionalmente un refresco dentro de una alimentación equilibrada no equivale a desarrollar automáticamente diabetes o enfermedades cardiovasculares.

Los riesgos aumentan cuando existe un consumo habitual y elevado, particularmente acompañado de otros factores como alimentación poco saludable, sedentarismo y exceso de peso.

Por eso la concientización no debería basarse en sembrar miedo.

Debe comenzar enseñándonos a mirar la etiqueta, conocer cuánto azúcar estamos ingiriendo y entender que muchas veces bebemos cantidades de azúcar que jamás colocaríamos conscientemente dentro de un vaso.

Una comparación incómoda que deja una pregunta

La cocaína seguirá siendo una sustancia peligrosa que puede destruir vidas.

Los refrescos azucarados no son cocaína, no producen los mismos efectos ni deberían presentarse como una droga equivalente.

Pero existe una reflexión que vale la pena hacer.

La humanidad presta enorme atención a aquello que puede matarnos rápidamente.

Quizás deberíamos prestar la misma atención a las decisiones pequeñas que repetimos todos los días y que, acumuladas durante años, pueden contribuir a enfermarnos.

La pregunta, entonces, deja de ser:

¿Qué mata más, los refrescos o la cocaína?

Y se transforma en una mucho más importante:

¿Cuántos peligros dejamos de ver simplemente porque forman parte de nuestra vida cotidiana?

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